Setze

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Los pobladores, arrastrando los pies agotados, regresaron a casa dejando la explanada casi vacía salvo por un grupo de tétricas figuras. En el calor de media tarde sólo se sentía el ruido hecho por algún animal del desierto moviéndose entre los hierbajos, el aire era pesado sin que nada se moviera, pero aunque no soplaba nada, el cuerpo inmóvil colgado de una cuerda se balanceaba como si alguien jugara con él. Al olfato del último grupo de figuras que quedaban en el lugar, llegaba el vaho pestilente de el orín y la mierda resbalandose por las piernas del ajusticiado.

Una treintena de ojos miraban la figura, treinta y dos para ser exactos. El cuerpo de justicia en pleno del pueblo había decidido reunirse para aquel día y asegurarse con sus propios ojos que los últimos balanceos desesperados al extremo de la cuerda sean verdaderamente sus últimos balanceos.


Las dieciséis figuras oscuras, como buitres carroñeros, se situaron al rededor del cuerpo inerte que se movía apenas, sin aire, como con el ultimo recuerdo de los pataleos. El ahorcado tenía el rostro violeta, la lengua hinchada, los ojos desorbitados, las manos crispadas y yertas a los costados. Una mirada de inteligencia cruzó el aire entre dos de las figuras a los pies del muerto. Los jueces, vestidos con túnicas negras, gafas de montura, zapatos de charol negro, manos secas y frías como si vivieran en un eterno invierno, esperaban impacientes. 


Uno de los jueces que cruzó miradas dio un paso hacia la figura que aun pendía de una rama como un brazo deforme.  Con una mano larga y blanquecina abrió la camisa del hombre revelando un vientre pálido, lampiño, como el de un infante. Los dedos del juez parecían tener ahora una consistencia dura como la del marfil y cuando las puntas se posaron sobre la piel del ahorcado un escalofrío de excitación cruzó ante todos los asistentes de la escena. Seguía haciendo calor pero un viento gélido pareció cruzar la explanada. Con destreza los rígidos dedos penetraron la carne, un par de gotas de sangre ensuciaron la limpieza clara de la piel y de la mano ejecutora. Una oleada de ánimo llegó del grupo a espaldas del hombre urgiendolo continuar con su trabajo. Con habilidad de cirujano encontró el hígado, lo estiró y lo dejó colgando a la vista como si se tratara de una fruta madura. Esa fue la señal para que el resto de jueces se acercaran con las manos extendidas. Ya no hubo orden, ni calma, ni silencio. Ahora los jueces con los dedos duros arrancaron trozos del hígado que pendía y se lo llevaron a la boca. Los labios pálidos en seguida cobraron el color casi negro de la sangre. Los dientes afilados masticaban la textura gomosa de la carne. A bocados se repartieron su premio, en pocos segundos no quedó rastro del hígado del ahorcado, las manos blancas estaban sucias y parecían más que nunca las garras de un grupo de buitres hambrientos.

Contentos con su banquete los dieciséis hombres se giraron dispuestos a marcharse a casa. Ahora conversaban de las anécdotas del día, del clima que no cambiaba, de la necesidad de reforzar las leyes. Lo que ninguno vio, cuando dejaron detrás de una curva la explanada del patíbulo, fue el leve movimiento que sin aire, continuaba teniendo el ahorcado, ni los ojos abiertos de golpe, inflamados de sangre y odio, ni las manos aferrándose al lazo para liberarse de su mortal abrazo, ni los pasos vacilantes del cuerpo hambriento con un agujero en el vientre en busca de sus asesinos.

Comment ça va?

Willkommen! Bienvenue! Welcome!
Fremder, Etranger, Stranger,
Glücklich zu sehen,
Je suis enchanté,
Happy to see you,
Bleibe, reste, stay.



 
 
 
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